Historia basada en hechos reales con distorsiones imaginarias.
Pero dejando a un lado las
ventajas de trabajar en un restaurante en el extranjero, vuelvo sobre los inconvenientes;
y es que llega la Navidad y la gente normal, es decir: todos aquellos que no
trabajan con comida rápida, reciben un pequeño descanso invernal y la
posibilidad de visitar a su familia. Pero no yo, pobre inmigrante que trabaja
en un centro comercial, más bien conocido en época navideña como “agujero
infernal”. Yo y los demás pobres inmigrantes debemos hacer horas extras para
cubrir el desproporcional horario del centro comercial y alimentar a las hordas
de zombis poseídos por el espíritu navideño del consumo y del “A la mierda la
dieta. El verano está a años luz”.
Por
esa razón, esta se va a convertir en mi primera navidad alejada de mi familia.
Y por esa razón, en plena Nochevieja, estoy entrando en una enorme y desierta
casa de dos plantas, que no podría pagar ni en mis mejores sueños, si no fuera
porque la comparto con otros seis inquilinos. ¿Y dónde están esos inquilinos en
estos momentos? Pues en sus respectivos países, pues ninguno de ellos trabaja
alimentando zombis navideños.
Suerte la mía, acabo de
pensar en zombis justo al penetrar la aterradora mansión encantada en la que
vivo, porque el día que fui a visitarla antes de mudarme, eran las doce del
medio día y creedme no parecía hechizada entonces. Pero ahora que, todas las
luces excepto la de la entrada que yo misma acabo de encender con una mano
temblorosa, están apagadas y ni una sola alma, al menos de las vivas, puebla
sus estancias, puedo imaginarme esa casa como protagonista Hollywoodiense de
cualquier película de terror.

Ignorando la densa oscuridad que supone el jardín a
través de las amplias ventanas de la cocina, me dispongo a preparar un kebab de pollo, otro más después de los
miles que he preparado hoy en el restaurante. Eso sí, este con productos
frescos y verdaderos estándares de limpieza. Puede que un kebab de pollo no sea
la cena de Nochebuena más adecuada, pero ya que esta va a ser inevitablemente
una Navidad atípica, hagámoslo bien.
Me llevo mi kebab al
salón y cierro la doble puerta de cristal, sintiéndome inmediatamente más
segura por este hecho; pues todo el mundo sabe que los criminales y los monstruos no saben girar el pomo de las puertas.
La realidad sobre comerse un kebab dista mucho de la fantasía mostrada en posters y anuncios de
comida rápida. No es limpio, ni cómodo, ni mucho menos sexy por muy guapa que sea la chica de la foto.
Todo lo contrario; en cuanto lo muerdes comienza a desmantelarse con la
extensión de un paracaídas, pero con el tacto de un preservativo recién usado,
y chorretones de salsa y grasilla acaban deslizándose hasta tus codos.
A pesar de ello
logré llamar a mi familia, via Skype y mantener una conversación
Navideña-telemática, que no es tarea fácil cuando tus abuelos datan del siglo
XIV y creen que no puedes escucharlos a la vez, como si del auricular de un
teléfono se tratara.


Antes de que pueda reaccionar y levantarme, el ser abre
la puerta y entra en el salón. Se trataba de un joven con la capucha subida y
una braga tapándole todo menos los ojos. Era un hombre normal, pero el pánico
del momento le confirió rasgos inhumanos y distorsionados a la parte de su
rostro al descubierto. No fue sino hasta que bajé la mirada y le miré las
zapatillas Adidas, originariamente blancas pero ennegrecidas y agrietadas por
el uso, que, por alguna razón, me di cuenta de que era de carne y hueso y no un
producto de mi imaginación.
―Dejar móvil en el
suelo y sentarte en aquel sofá ―me ordena con un fuerte acento de Europa del
este. Lo sé porque trabajo con muchos polacos, rusos y lituanos. Por alguna
razón todos ellos me vienen a la cabeza, como si fueran primos de este intruso
y eso pudiera explicar porque está en el salón de mi casa. Pero entonces veo el
cuchillo: grande, con empuñadura negra y parece salir de él; pero por alguna
razón mi cerebro no registra su mano sosteniéndolo y es más como si flotara
frente a su cuerpo. Tampoco es que me detenga a pensar en esto, sino que mis
pensamientos parecen danzar frente a mi mente medio tapados por un telón de
teatro.
Hago lo que me dice, pues el cuchillo me ayuda a tomar
contacto con la realidad y me resbalo con los nervios, tirando mi portátil al
suelo. Pero nada de eso importa en ese momento. Me siento en el sofá que me
había indicado. Está frío. Congelado, pero esa no es la razón por la que estoy
temblando.
―¿Dónde está el oro y el dinero? ―me pregunta, empuñando
el arma con reticencia.
Me acabo de dar cuenta de que no he dicho ni una sola
palabra desde la palabrota que solté al ver su rostro a través del cristal de
la puerta. ¿Cómo es posible? ¿No debería haberle preguntado qué hace en mi
casa? ¿No debería haberle pedido que se marchara? ¿O que no me hiciera daño?
―¿Qué oro? ―repito, preguntándome sino habré viajado a
una realidad alternativa donde Europa es asaltada por piratas. Si hubiera
llevado un loro en el hombro, no me hubiera parecido más surrealista.
―El oro y el dinero del indio ―masculla con su pobre
inglés. Sí, aun más pobre que el mío―. Sé que hay muy oro y muy dinero en esa
casa, me lo dice amigo mío.
“¿En esa casa? ¿Qué casa? ¿Por qué no va directamente
allí?” pienso, hasta que me doy cuenta de que son errores gramaticales y que
debo concentrarme más si quiero salir viva de la experiencia.
―No sé de que hablas, no hay oro ni dinero en esta casa
―le aseguro con voz temblorosa.
―Eres mentirosa ―gruñe―. Tú eres india y tener mucho oro
y joyas.
Para ser yo la
india, él es el que se comunica como un apache. Y puede que esté ciego, pues
tengo de india lo que él de Albert Einstein.
―Soy española, ¿vale? ―le aseguró, intentando
apaciguarlo―. En esta casa solo viven franceses, polacos y filipinos.
Al decir polaco por poco me detengo a sugerirle que quizá
sea su primo, pero enseguida recapacito y me controlo.
―Eres mentirosa ―repite, y empieza sonarme a regetón―. Hablar algo en español.
¿Enserio?
La presión me puede. Siento que de aquel examen oral de
lengua castellana depende mi vida. Así que planeo recitar el mejor soneto de
Garcilaso de la Vega. Abro la boca y me sale:
―Hola, ¿qué pasa?
Estoy muerta.
Sin embargo, a Albertus Einsteinov parece haberle
impresionado mi representación, pues arruga el entrecejo con confusión y por un
momento sospecho que le esté dando un cortocircuito. Neurona contra cráneo.
En ese momento escucho el aporratar de pies contra las
escaleras y una voz masculina le grita algo en “alguna lengua de Europa del
este” que soy demasiado peninsular como para distinguir y Albertus Einsteinov
recoge mi móvil del suelo y sale despacio de espaldas por donde ha venido, cual
reportero de Madrid Directo.
Me quedo parada donde estoy por ni se sabe cuánto tiempo.
El silencio que reina en la casa anuncia que se han marchado por donde
vinieron, por lo que salgo por la puerta principal y le pido ayuda a mi vecino,
que a pesar de mostrarse receptivo y llamar a la Gardai me observa con cierta sospecha como si se preguntara que
hace una chica como yo sola en una casa en Nochebuena. A pesar de que los
irlandeses no celebran la Nochebuena sino que la utilizan para prepararse para
la Navidad cuando ocurre la reunión familiar.
La Gardai tarda
unos quince minutos en llegar. Me hace sentirme más segura, pues si alguna vez
vuelve a ocurrirme algo en este país, sé que moriré rápido a manos de mi
criminal mucho antes de que la policía llegue, ocasionando que me torture
lentamente como rehén. Es todo un alivio.

Juntos subimos a la segunda planta donde descubrimos que
había pasado un huracán por mi habitación, pues era la única que no estaba
cerrada con llave. El ladrón al que solo escuché lo había sacado todo de mis
armarios y de mis cajones, dejándolo caóticamente esparcido por la cama y el
suelo. Ver mi habitación en ese estado, saber que alguien había estado allí
revolviéndolo todo, manda corrientes frías por mi espalda.
Mi casa empieza a llenarse de policías. Todas las luces
están encendidas y entran y salen como si de repente fuera la comisaría. Hablan
entre ellos y por la radio, un inglés rápido que me cuesta seguir. Hasta que me
fijo en uno de los Gardai que está
entrando por la puerta junto con otros dos; en total creo que suman más de
diez. Ese policía llama mi atención porque sus ojos se clavan en mí con cierta
sorpresa y no puedo evitar la extraña sensación de que le conozco de algo. Le
he visto antes, definitivamente, pero no puedo recordar cuándo o dónde. Es
mono. Pero de repente se olvida de mí por completo.
No todos los Gardai
dentro de mi casa van vestidos con el uniforme regular; y él es uno de
ellos. Lleva vaqueros y un chaleco antibalas sobre el pecho. Le da un aspecto
de detective de peli americana y eso impone.
El Inspector Jefe de la comisaría de Swords, la ciudad de
Dublin en la que vivo, se me presenta. Es un tipo alto y esbelto, trajeado, con
cabello anaranjado y piel rosada. Me pregunta varias cosas, como dónde trabajo
y me observa de forma peculiar, como si estuviera perdido en su propio mundo
interior. Me presenta al policía mono, como agente Brian Donoghue y a otro que
lo acompaña, pero ni escucho su nombre.
Brian me sonríe. Sus ojos azules serían todo un éxito en
España. Me dice que no me preocupe y que
todo irá bien. Después empieza a comentar lo mucho que le gusta mi casa y me da
la impresión de que eso está fuera de lugar; pero porque yo esté traumatizada
no quiere decir que los demás lo estén y es normal que se fijen en
trivialidades como la televisión de plasma del salón. También me dice que le
gustan mucho los enormes espejos de la cocina y me mira a través de ellos. Por
un momento la sensación de que hay algo perverso en su apreciación de los
espejos, me nubla la mente. Obviamente no estoy pensando con claridad.
La casa sigue abarrotada de policías pero solo Brian me
dedica atención e incluso me sigue por la casa. Creo que mi caso ha sido
asignado a él y a su compañero, cuyo nombre no recuerdo. Hasta que algo surrealista ocurre. Brian me
susurra que recoja la marihuana de mi habitación antes de que su jefe lo vea.
Se me hiela la sangre y lo observo con ojos petrificados y muñecas unidas a la
espera de la detención; pero él se limita a sonreírme. También me pide que
recoja mis cosas para pasar la noche en un hostal, pues necesitarán quedarse
toda la noche para tomar huellas y buscar pistas.
El primer policía que llegó a mi casa, el que cree que
pertenezco a la mafia de drogas de Dublin, me vigila mientras recojo mi pijama
y mi cepillo de dientes, y me recuerda de forma un poco cortante que no toque
nada. No puedo evitar pensar “Es mi puta habitación, idiota”, pero me lo
guardo. Que poca delicadeza tiene Terminator 1.
Brian, que me estaba esperando en la planta de abajo, me
informa de nuevo de que debo ir con ellos a la comisaría de Swords para prestar
declaración sobre lo ocurrido.
Viajo en la parte trasera de su coche mientras él charla
con su compañero animadamente. Se nota que son amigos. De vez en cuando me
encuentro con sus ojos azules en el retrovisor y me pregunta amablemente como
me encuentro. Nada que ver con su compañero, Terminator 1. El viaje no dura más
de cinco minutos ya que Swords es bastante pequeño y recuerdo entonces que la
comisaría está pegada a mi centro comercial. Casi todo en Swords gira en torno
a mi centro comercial. Me gusta esa ciudad, y la sensación de vivir en un lugar
tan pequeño y acogedor, pero no lo suficiente como para no conservar tu
privacidad. La Calle principal tiene todo lo que necesitas construido como
pequeños castillos en los que se adentran plazuelas. Subiendo una colina a la
derecha justo en frente de Pavilions,
el centro comercial, hay una preciosa iglesia de estilo irlandés, de color gris
oscuro tan anglosajonamente medieval; con esas típicas tumbas celtas medio
inclinadas, como si el tiempo y las noches de Halloween las hubieran tumbado al moverse la tierra para dejar
salir a vampiros, espíritus y zombis. Las paredes están cubiertas de trepaderas
y de musgo frondoso por la poderosa humedad y puedes imaginarte perfectamente a
un duende Leprechaun entre las hojas.
Como admiradora de la cultura medieval y de la fantasía, adoro esas iglesias.
Al final de Main Street descansan las ruinas de un
castillo del mismo estilo arquitectónico.
Brian y su compañero mi guían a una amplia sala con una
mesa de conferencias y me siento en diagonal a él. Me ofrece, café o té, como
buen irlandés, y yo me decanto por el té; por alguna razón estoy deseosa de
mostrarle lo bien adaptada que estoy a su cultura.
Escribe mi nombre completo en una hoja y me siento
incómoda por tener que deletrearle mis apellidos españoles.
―¿Dos apellidos? ―pregunta con curiosidad.
―Sí, en España usamos dos ―le explico―. Porque somos de
un padre y de una madre, más de la madre, si me apuras.
Me arrepiento de mi comentario belicoso, que no es más
que una crítica a la machista costumbre irlandesa de utilizar única y
exclusivamente el apellido del padre, incluso la madre lo adopta. Pero a él
parece hacerle gracia y noto que tiene especial placer por lo exótico. A la
mayoría de los irlandeses les gusta lo español; para ellos es sinónimo de vacaciones y jolgorio; pero mis amigas y yo
nos hemos encontrado con un sector masculino de ellos que tienen verdadera
apetencia por las españolas. Salen a cazar a Temple Bar, la zona de pubs más turística y al Leaving Room, un enorme pub futbolero situado al lado de una
academia de inglés, con más español por metro cuadrado que la embajada. Esos
irlandeses dispuestos a conseguirse una casa en España sin comprarla, pescan
por esa zona; sobre todo la noche en la que España ganó el mundial. Era aun más
sencillo para ellos divisar a sus víctimas, pues vestían de rojo y amarillo y
tenían la bandera pintada en el moflete. Yo era una de ellas. Nos asediaban con
frases como “adoro Málaga” o “Paella rica”, e inmediatamente se lanzaban a
besarte. Me planteé explicarles que no poseo una casa en Málaga y que soy
incapaz de cocinar una paella decente, pero resultaba más efectivo empujarlos.
―¿Dónde trabajas? ―me pregunta Brian mientras escribe el
informe. Tiene una voz bonita.
―En el “Burrito feliz” ―digo con cierta aprensión. Pues
preferiría decir que soy Editora Jefe en The
Irish Times, pero eso no se ajusta a la realidad.
Brian levanta la mirada del papel y me mira de soslayo.
―De eso te conozco ―dice y me hace sonreír.
―A mí también me suena tu cara ― le contesto y me enorgullezco de haber sabido decirlo
correctamente en inglés.
Así que el teniente Brian es cliente mío. No debe ser de
los asiduos pues no le reconocí como tal al instante. Tengo una memoria
excelente para los clientes y no recuerdo haber hablado con él antes. Pero por
alguna razón, él se acuerda de mí.
Raro.
Me pregunta por todas y cada una de las cosas que he
hecho después de trabajar. Me siento extraña narrándole cada detalle estúpido
de mi día; como si fuera mi abuelo contando cada nimio segundo de su existencia. Pero él
lo escribía todo como si fueran detalles de vital importancia.
―Me detuve para comprar en JC´s ―continuo.
―Tiene buenas ofertas ¿verdad? ―me interrumpe. Hace
bromas sobre casi todo lo que digo―. ¿Conoces al viejo, el dueño? Está medio
loco. Le habla por megáfono a los clientes, en plan personalizado. Dice cosas
como “eh, tú, el del pasillo de los cereales. Si te llevas dos cajas te regalo
una”
―¿Enserio? ―me rio. Los irlandeses en general son muy
divertidos. Conservan un estado de buen humor constante y bromean acerca de
todo. Es algo que me gusta de tenerlos cerca. Están relajados, son lo opuesto
al estrés y lo contagian.
Terminamos el informe y el teléfono de Brian hace ruidos.
Él mira la pantalla y esboza una ligera sonrisa.
“Su novia”, pienso.
Me explica que tiene que tomarme las huellas para
descartarlas de mi habitación y del resto de la casa donde estuvieron. Es
inútil porque llevaban guantes; pero es el procedimiento.
El lugar de traer un moderno ordenador, Brian aparece con
una rudimentaria caja de hojalata, de la que extrae un pequeño vidrio y otras
piezas ennegrecidas por algo parecido al carbón. Me hace gracia pensar que ese
año he debido ser mala y Claus, el primo de los Reyes Magos que se encarga de
la zona anglosajona, obviamente porque los Reyes Magos no saben inglés y no
pasaron esa entrevista, me ha reservado carbón para esa noche. He debido de ser
muy mala.
―En otras comisarias tienen modernos artefactos del
futuro. Creo que los llaman ordenadores ―bromea Brian mientras frota el vidrio
con una especie de tiza negra―. Pero aquí en Swords, nos gusta lo tradicional.
―Quizá estas Navidades os regalen uno ―bromeo, temiendo
haber hecho una broma demasiado típica, pero parece funcionar; pues el ríe y
sus ojos azules brillan.
“Un punto para mí”, me felicito.
Brian me sostiene la mano para comenzar el ritual de las
huellas. Es un tanto incómodo pues tenemos que contorsionarnos en una especie
de baile para tomar cada parte de mis manos; mientras nuestros dedos están en
contacto. Además el repite que mis manos son tan pequeñas que apenas necesita
la mitad del espacio habitual, mientras me lanza rápidos vistazos, que al estar
tan cerca son un tanto íntimos.
“Teniente, ¿estás flirteando?” pienso, pero no digo ni
mu.
Tras terminar, visito el vestuario de las policías para
eliminar los restos de tinta negruzca de mis manos. Es extraño como las
taquillas amarillas y los uniformes colgados me transportan a la escena de una
película.
Cuando vuelvo a la sala el Inspector, el jefe de Brian,
está allí. Me informa de que van a hacer todo lo posible pero que va a resultar
complicado encontrarlos; pero que no debo preocuparme porque no van a regresar
a mi casa.
Entonces algo extraño ocurre. El inspector vuelve a
preguntarme donde trabajo y cuando contesto “El burrito Feliz” aquí mismo en Pavilions. Él sacude la cabeza pareciendo
recordar que ya se lo había comentado y entonces Brian lo mira y dice:
―No hagas como que no lo sabes ―y comienza a reír. El
inspector que es por naturaleza rosado, se pone totalmente rojo, como un tomate
y parece desear que el suelo lo trague.
―Yo…es que…no como comida rápida ―se disculpa, mientras
Brian lo observa con cierta malicia.
¿Qué coño ha sido eso? ¿A caso han estado hablando de mí
antes?
Hablan sobre el caso un poco más y antes de irse el
inspector me dedica su extraña mirada una vez más; la cual vuelvo a fallar en
interpretar.
Brian insiste en llevarme en coche hasta el albergue. No
sería necesario pues está en esa misma calle a unos tres minutos andando. Pero
cualquiera le dice que no a un policía.
El albergue es uno de esos famosos bed and breakfats con forma de casita adorable para no romper la
estética de Swords. Está exageradamente adornado con luces y letreros navideños
y el resplandor de miles de colores mi deja sin respiración por un segundo. El
gigantesco árbol de navidad reluce a través del cristal de uno de los
ventanales.
Por dentro la casa no decepciona. Es tan acogedora y
tradicional como el exterior.
Brian hace el check-in
por mí. Quizá porque piensa que estoy demasiado traumatizada u…horror! Porque
cree que mi inglés no es lo suficientemente bueno.
Me acompaña hasta la habitación.
―¿Estás segura de que no quieres una pinta? ―me pregunta
con una sonrisa. Ya me lo había preguntado en el coche, pero el abuso del
alcohol de los irlandeses, poco tiene que ver con mi persona. Por lo que vuelvo
a negar con la cabeza. Lo último que me apetece en esos momentos es
emborracharme.
―¿Y qué hay de eso que te has guardado en el bolsillo en
tu casa? ¿Te apetece uno de esos?
Se refiere a la marihuana y ahora sí que no sé qué
contestar.
―¿Es una pregunta con trampa? ―le digo y se ríe.
―Sí, es mi modus operandi. Convenzo al criminal de que se
haga un porro y cuando lo hace, lo detengo ―se burla.
―Pensaba que yo era la víctima ―le recuerdo.
―Exacto, y en ese caso creo que la ley permite fumarse un
porro y compartirlo con tu policía.
¿Mí policía? Ya estamos con los juegos psicológicos. Hago
lo que me dice y nos lo pasamos. El rico olor llenando la habitación de un
hostal. Normalmente no se me ocurriría hacer tal cosa pero me lo ha ordenado un
oficial de la policía. Y eso es exactamente lo que voy a testificar si la dueña
del hostal nos denuncia.
Brian me pide que le enseñe a decir lo que le chillé a
Albertus Einsteinov cuando salió del salón. Que es, ni más ni menos, que “hijo
de puta”. Su lengua irlandesa tiene dificultad para repetirlo; sobre todo la
jota, y no puedo evitar reírme, mientras intento ignorar lo mono que es su
acento. El insiste en repetirlo hasta que le sale bastante bien, y me siento
orgullosa de su nueva y mejorada pronunciación de la palabrota, hace que me
sienta conectada a él.
―Voy a utilizarlo cuando salga de fiesta ―me promete. Y
la imagen de dos irlandeses teniendo una discusión y Brian chillándole “ihoou
tse biutsa” me hace desternillarme de la risa.
Su teléfono vuelve a sonar. Son las doce y media de la
noche, eso no puede tratarse de un amigo. Es una novia con todas las de la ley,
y nunca mejor dicho. Me pregunto si ella es policía también y si por
consiguiente tiene una pistola. Algo que no debería preocuparme pues Brian y yo
no hemos hecho nada ilícito, restando el consumo ilegal de estupefacientes,
claro.
Brian me anuncia que debe marcharse, corroborando la
teoría de que se trata de su novia y de que esta posee una pistola. Una vez en
el rellano vuelve a clavarme sus ojos azules y mis piernas se tambalean. Cinco
segundos en silencio, mirándonos a los ojos, son demasiados y pesan sobre mi
pecho acongojado.
―Mañana vendré a buscarte para llevarte a casa ―me
anuncia y se marcha. Dejándome con una apabullante sensación de soledad.
A solas, repaso en mi cabeza todo lo ocurrido y rompo a
llorar, deleitándome en el inflamado alivio del llanto, que poco a poco tornan
el dolor del alma en el de ojos hinchados y garganta cansada; lo que a mi modo
de ver es un gran trueque.
Al día siguiente Brian no es el que viene a recogerme
sino una policía asiática y minúscula. Supongo que me siento aliviada, y a ese
otro sentimiento de decepción, lo mando a hacer puñetas.
La mujer es simpática, a un nivel humano y no a lo
Terminator. Me cuenta que han intentado robar más casas por los barrios vecinos
a la misma hora que la mía, por lo que debía de tratarse de alguna banda
organizada. A mí no me parece que Albertus Einsteinov pueda denominarse como
“organizado” pero me lo callo. Lo admita o no estoy un poco deprimida por la
ausencia de Brian. En mi cabeza imaginativa, ya me había montado varias
historias románticas y divertidas. El problema de tener una imaginación como la
mía es que la realidad nunca iguala la perfección o el horror de mis fantasías,
constituyendo una constante decepción.
Pasaron tres días y he vuelto a meterme en la rutina de
mi vida laboral. En casa, especialmente por las noches, me vuelve la paranoia,
pero al menos no he vuelto a estar sola, pues la chica francesa ha vuelto de
sus cortas vacaciones y también el polaco y eso me hace sentir reafirmada.
En el trabajo me enfrento a una obsesión de distinto
cariz: la de ver a Brian paseando frente a mi restaurante; o al bombardeo de
fantasías en las que viene a visitarme a mi trabajo. Pero debo admitir que son
pura ilusión, pues el muchacho tiene mi número de teléfono, mi dirección y la
de mi trabajo y aun no ha aparecido ni en una triste misión rutinaria de
comprobar cómo se encuentra la víctima. Y no es que los policías de Swords
estén muy ocupados, aquello no es Nueva York precisamente.
Caminando de vuelta a casa al final de mi tercer día, se
me congelan las orejas e intento convencerme una vez por todas de que me
imaginé todo lo ocurrido con Brian. Me recuerdo una frase que me gustó mucho y
se convirtió en mi mantra para ocasiones de orgullo herido. Se trataba de una
conversación entre dos escritores, maestro y aprendiz. El aprendiz escribe a su
maestro obsesivamente y le pregunta porque ya nunca le contesta. El maestro se
limita a contestarle lo siguiente, cuya traducción del inglés sería:
“Encaja el golpe en
la mandíbula y sigue con tu vida”
No soy una fan del boxeo, pero la frase me pareció
desgarradoramente hiriente y a la vez un gran consejo. Todo un detalle por
parte del insensible maestro.
En estos pensamientos me encuentro al girar la esquina
hacia una calle oscura, rodeada a ambos lados de frondoso árboles. Me
arrepiento de no haber cogido el bus; pues aun me asusto con facilidad después
de lo ocurrido, y la única iluminación de esa calle son las luces de los coches
que pasan de forma intermitente.
El sonido de un claxon me hace saltar, pues mis nervios
ya estaban crispados. Me giro y veo que uno de los coches a aminorado y me
sigue el paso; el mismo coche que me ha pitado. Se me acelera el corazón y
pienso en correr hasta que la ventanilla se baja y veo con más claridad al
conductor.
Se trata de Brian.
Mi corazón no deja de vapulearme el pecho por dentro,
cuando me siento a la izquierda de Brian. Simplemente lo hace por razones
distintas. Y deseo que en la oscuridad del coche no pueda distinguir mi
sonrojo.
Brian no se detiene
para entrar en la calle que lleva a mi casa sino que sigue de frente
hacia el Airside. Una explanada enorme donde hay varias tiendas-almacén, el
parking está totalmente desierto a esas horas. Y Brian se detiene ahí.
Me falta el aire. No sé si en Irlanda que un chico se
aparque en algún lugar “privado” significa lo mismo que en España, pero supongo
que estoy a punto de descubrirlo.
―No se nos está permitido utilizar los datos de una
declaración para contactar con alguien, por eso no he podido preguntarte como
estabas hasta que me he encontrado contigo por casualidad ―me había dicho Brian
antes de aparcar. No sabía si creérmelo o pensar que había estado demasiado
ocupado con su novia como para dedicarme un momento.
―¿Qué quieres del Starbucks? ―me pregunta ahora que
estamos aparcados y me doy cuenta de que al otro lado de la calle hay un
Starbucks pegado a un Fridays, y a mi derecha un McDonald’s. Tonta de mí, aquel
no se trataba de en ningún lugar privado.
Brian vuelve con una tarta de queso y arándanos y un
café. Me pregunta cómo me encuentro tras el trauma y me hace reír varias veces.
Maldito sea, esa segunda vez me gusta aun más. La intimidad del coche y las
luces navideñas de los almacenes del exterior, le dan un encanto único al
momento y me siento como flotando en una nube.
La canción de Mariah Carey “Todo lo que quiero estas
Navidades eres tú” suena en su radio y esta es la primera vez que no me resulta
odiosa sino perfecta, por lo que me preocupa que mi cerebro esté sufriendo
graves daños.
―Confiesa ¿El Burrito Feliz es tan sucio como su fama lo
anuncia? ―me pregunta entre risas.
―Te contaré una historia de miedo. Una vez mi compañera
dejó caer al suelo una bolsa entera de queso rallado. Simplemente se agachó y
empezó a recogerlo del suelo y a ponerlo en la bandeja. Yo la miré y le dije.
¿Sabes que los clientes pueden verte por el hueco de las mesas calientes donde
ponemos la comida para el exterior? Y ella me contestó. Sí, pero no ven el
suelo. Digamos que hay una caja en el suelo.
Brian comprimiró los ojos y arrugó el morro disgustado
por la historia. Y fingió que iba a vomitar.
―Desde entonces siempre que se nos cae algo al suelo
decimos. Hay una caja en el suelo y lo recogemos y lo usamos.
―Eso es asqueroso ¿No te sientes culpable? ―me dice y me
pellizca la tripa.
Adorable.
―Al principio sí y no hacía esas cosas. Después me di
cuenta que los clientes de restaurantes de comida rápida se lo merecen. Me
piden pajitas que no vienen con funda, mientras cambio la basura, simplemente
para no mover sus culos, dejan que las toque con mis manos sucias. Ponen sus
servilletas en bandejas claramente sucias con pegotes de kétchup y trozos de
lechuga y sal; cuando tienen al lado una limpia y con mantelito. Te meten prisa
aun cuando tienes mil pedidos. Y te digo una cosa, la comida es como el sexo:
Si no lo haces lento y con esmero, mejor no lo hagas.
Me arrepiento al instante de haber mencionado esa
palabra, pues resuena en el coche como fuegos artificiales. No había sido mi
intención porque esa frase se me había ocurrido con mis compañeros meses atrás,
y no me había dado cuenta de lo incómoda que resultaría entre Brian y yo.
Aunque él no parece incómodo. Sino que sonríe con la
sonrisa de un hombre que ha sido herido por mi veneno. Tengo la suficiente
experiencia como para saberlo. Le tengo en el bote. Y él a mí. Tenemos el mismo
humor y el mismo nivel de inteligencia. La señal de PELIGRO se despliega ante
mis ojos. Y me resigno a dejarme arrastrar.
―¿Cuál ha sido el cliente más raro que has tenido?
―Una vez a mi compañera se le acercó un hombre y se quejó
de que su baguette estaba demasiado dura. Mi compañera le dijo “No hay
problema, te la cambio” Y entonces el hombre le dijo “Pero quiero que la
toques, está muy dura”
Nos reímos juntos. Aquella historia también era cierta.
También le conté la vez que una mujer me devolvió una hamburguesa de un euro
indignada porque no parecía sana.
―Y me dijo “No creo que esto sea sano”, y yo no supe que
pensar de la vida después de eso, quiero decir, si una hamburguesa de un euro
no es sana ¿qué lo es? ¿una manzana?
Brian se rie ante mi sarcasmo.
―Siento decirte esto, pero soy irlandés y me gusta la
comida rápida ―confiesa―. Y esto no siento decirlo porque te lo mereces por
mala, pero hueles como una hamburguesa gigante.
―Acabo de terminar un turno de nueve horas ―me defiendo
un tanto avergonzada. Y me dispongo a bajar la ventanilla de mi puerta. Brian
se inclina sobre mí para detenerme.
―Era un cumplido ―se burla, sus ojos azules muy cerca de
los míos―. No hay nada que a un irlandés le guste más que una hamburguesa.
Y me besa. Y es perfecto. Pues él no huele a hamburguesa
sino a alguna maravillosa fragancia masculina creada por el demonio para tentar
a pobres mujeres. Y por esa bendita alta temperatura corporal varonil, que es
probablemente el mejor rasgo de su especie.
Su teléfono nos interrumpe, recordándome a su probable
novia como una bofetada en un moflete frío.
―Mierda, tengo que comprar algo para el coche de mi
padre, se me había olvidado ―dijo, volviendo a cambiar mi humor. Vuelvo en
cinco minutos, dijo corriendo hacia uno de los almacenes del Airside que al parecer aun estaba abierto.
El problema es que se deja su móvil en el asiento y como
acaba de usarlo aun no se ha bloqueado. Tengo solo un segundo para decidir y mi
mano agarra el dispositivo antes de que mi conciencia le de el permiso.
Necesito saber si tiene novia, porque me gusta demasiado. Así que voy directa a
sus mensajes y no encuentro nada incriminatorio, ni ningún nombre de chica que
se repita rencientemente. Pero veo uno del Inspector rojizo, su jefe y lo abro
preguntándome si habrán dicho algo más de mí.
Ojalá no lo hubiera hecho.
De: Jefe John
Brian maldita sea, puedes controlar a esos matones
imbéciles. ¿Cómo puedes haber permitido que entraran en la casa de esa pobre
chica? ¿Quién sabe lo que podría haber ocurrido?
Se me pone la piel de gallina. Con dedos temblorosos
deslizo la pantalla para ver la respuesta de Brian.
Ya le he dicho al idiota ese de Marius que se acabó
nuestro trato. El muy imbécil no entiende inglés. Le dije que fuera al número
32, que la familia estaba de vacaciones en la India. Y se equivocó de casa.
Mi corazón se había
detenido. Me sentía como si me hubieran pegado un tiro. Acaba de descubrir que
dos policías de alto rango estaban compinchados con ladrones de casas.
Borra estos mensajes
inmediatamente. Y controla tus actividades, maldita sea.
Era el último mensaje del
inspector.
Y yo…¿cómo iba a borrarlos de mi cabeza?
Beca Vie
3 comentarios:
Muy entretenido y muy bien cnotado, como si yo mismo lo estuviera viviendo. Great job!
Hola! Muy buen relato, me ha gustado mucho.
Te deseo una muy feliz navidad!
Besos.
Pau.
Muchas gracias Paula por leer y comentar. Un abrazo. Feliz año.
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